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 Eternal Fantasy Rol

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Neikka

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Mensajes : 1
Fecha de inscripción : 20/07/2010

MensajeTema: Eternal Fantasy Rol   Mar Jul 20, 2010 3:16 am

:: Nombre del foro: Eternal Fantasy

:: Dirección del foro:http://eternalfantasy.foroactivo.com/

:: Botón del foro. (Opcional.):



http://img7.imageshack.us/img7/6979/banezq.gif


:: Historia de tu foro. (Aquí colocas la temática formal que das en tu foro.)
Genesis de Eternal:

Genesis~~La creación del nuevo mundo~~




El sonido sordo de pasos sobre unas escaleras de un color tan blanco que cegaría los ojos de cualquier ser normal hacía eco en un lugar tan extenso como era capaz de alcanzar la imaginación. 5 eran las figuras que caminaban con un paso detalladamente ensayado, de tal forma que cada pie se levantaba y apoyaba al mismo ritmo, no se toleraría que aquel sonido armónico que se repetía periódicamente en el tiempo estuviera descompasado.



Las escaleras no ocupaban muchos metros así que no tardaron mucho tiempo en llegar hasta donde debía, aunque el tiempo no era un problema para ellos, dado que no tenía importancia alguna. 5 eran las figuras que se posaban e inclinaban con un ademán casi militar ante otra que se encontraba sentada en un trono frente a ellos. Ésta última era visiblemente superior en tamaño y también en galones. Isora era su nombre e inimaginable su poder. En efecto, era un Dios, el primero y más fuerte de todos los que existían, pues los demás no eran si no vástagos creados por su poder.


Fue esa que cuando todos estuvieron presentes, éste se levantó para añadir con un gesto que los 5 recién llegados dejaran de arrodillarse. Éstos mostraron sus imponentes figuras, sobre todo los dos primeros, mayores en tamaño. El tercero de ellos parecía tener una mayor fuerza física a pesar de ser de menor tamaño, pues sus músculos eran bien marcados. Los dos que quedaban no eran ellos, si no ellas. Se trataba de dos formas suaves y sensuales, que se movían con gracia incluso sin poner empeño en ello y cuya belleza era impensable para cualquier otro ser existente.



La reunión estaba lista así que era tiempo de comenzar con todo. Fue así como Isora mostró a sus vástagos su última creación. Se trataba de un mundo, pero un mundo como jamás habían visto. No era una extensión infinita como la que habitaban, se trataba de un astro colocado cuidadosamente en un sistema de forma que pudiera darse en él lo que el propio Dios llamaba “vida”. En efecto, se trataba de un planeta que giraría en torno a sí mismo y en torno a una estrella, ese lugar se llamaría Eternal. En torno a él, con gracia se movían otros dos astros, uno de ellos de un color rojizo y el otro de un negro azabache que helaba la sangre.

Puestos fueron en el mundo lugares que sólo un Dios podía imaginar, fue así como las aguas dejaron de dominar todo y la tierra se alzó, fue así como dicha tierra fue prolifera para que la vida se instalara en ella. Bosques fueron creados, lugares llenos de árboles que daban un color verde característico a la mayor parte del continente. Grandes puntos abruptos, más tarde llamados montañas fueron característicos también del lugar, así como todas y cada una de las razas animales del mismo, creadas por aquel Dios que sólo pretendía experimentar hasta donde podía llegar su poder. Los animales fueron creados según la necesidad del lugar y las características del mismo, dando lugar a monstruosas creaciones en ocasiones, sobre todo en lo que comprendía a las aguas más profundas.


Tal era el lugar creado por Isora, una muestra de que su poder no tenía límites, pero no había sido simplemente creado por esta razón, si no también para su disfrute. En efecto, pretendía hacer más llevadero el tiempo, al menos en unos miles de años, por lo que correspondía ahora la tarea de pensar en cómo hacerlo. Y tal era este Dios que la conclusión obtenida no era si no la más obvia. En efecto, sus vástagos se encargarían de pensar en todo, pues así él solo debería dedicarse a la diversión.[/color][/size][/font]

Fue así como sus palabras fueron puestas en sus vástagos, palabras que los llamaban a avanzar, palabras que decían:



“Aquél que llegue a hacer de este mundo un lugar divertido para mi, será recompensado con mi poder”.


De esta forma comenzaría un juego que llevaría a la creación de muchos más seres, seres capaces de hacer de dicho mundo un lugar más sorprendente de lo esperado, seres capaces de hacer lo impensable, pese a haber sido creados por mentes infinitamente superiores.



Arthan, ese era el nombre del primero de los vástagos. Fuerte, grande, recogía las capacidades que se esperan en un Dios todopoderoso. Por supuesto se esperaba que siguiera el ejemplo de su padre creador y ocupar su lugar algún día, por lo que fue el encargado de inaugurar todo aquello que, por otra parte, los demás parecían mirar con recelo. Arthan tomó el lugar y lo miró detenidamente. En efecto, no sería nada fácil hacer lo que su padre decía, pero era tiempo de comenzar. Vio las necesidades del mundo, que eran muchas, por lo que tendría que cubrirlas de alguna forma. Vio los lugares posibles donde vivir y también eran muchos, lugares que no cualquier podría habitar. En efecto, la versatilidad y la capacidad de adaptación debía ser el fuerte de su creación. Pero no podía crear seres inferiores al resto de los que ya ocupaban, pues esto provocaría que su supervivencia fuera arriesgada, así que los dotó de raciocinio. Humanos los llamó, y éstos habitaron todos los lugares pensables de aquel mundo, erigiéndose en la raza dominante del mismo.
Lucius era el nombre del segundo de los vástagos, que había seguido con atención la evolución de las creaciones de su hermano desde que éstas parecían tener cierto interés. En efecto, eran seres muy capaces, tanto que no parecía si no lógico que él ganara aquella competencia, pero no era posible que eso se produjera, no, él era quien iba a ocupar aquel puesto, él era quien tomaría aquel poder. Su tamaño y fuerza eran similares a los de Arthan, pero el tiempo, algo tan nimio para aquellos seres, le jugaba una mala pasada, él no era el primogénito y no tenía derecho a suceder al todopoderoso Isora. Así que Lucius observó con mucho detenimiento la creación de se hermano mayor y, una vez estuvo seguro de conocerla lo suficiente, tomó parte en aquel juego. Tomó la raza de su hermano y experimentó con ella, debía crear una raza numerosa, capaz de competir con aquellos que moraban sobre el mundo. Pero no sólo eso, también tomó como ejemplo los animales y monstruos de aquel lugar, para así formar seres aún más poderosos. Fue así como nacieron todas las criaturas malignas, orcos, trolls y seres cuyo nombre es mejor desconocer, todo nació del odio y la envidia y como tales, no tardaron en responder a ese sentimiento y comenzaron con lo que debían, el exterminio de los llamados humanos.



Estos seres, aún novicios en el arte de vivir, tuvieron que escoger el arte de la guerra para sobrevivir, pero el poder de las creaciones de Lucius era claramente superior. Los Humanos habían sido creados para habitar aquel mundo, los seres creados por Lucius, para destruirlo, así que la ventaja era evidente.



Todo esto era observado con atención por Baloth, el tercero de los vástagos. Baloth era más pequeño que los otros dos, no solo en tiempo, también su constitución era más baja, pero no así su fuerza. Era un amante del equilibrio y no tenía excesivo interés en aquel mundo, pero era entretenido. Sin embargo su sentido de las justicia y el equilibrio provocó que emergiera en aquella batalla también, pues el mundo, tal y como se estaba desarrollando, no tendría más duración ya que los seres oscuros acabarían con todo. Fue así como tomó parte en el asunto, aportando su propia creación. Gólemns, eran seres creados de la propia tierra, con poca movilidad pero con un aguante y una resistencia muy superiores a todos cuantos existían. Éstos, junto con la capacidad de adaptación de los humanos, consiguieron llevar la guerra hacia el equilibrio, terminando con los seres oscuros cediendo su poder y dejando el mundo como un lugar habitable de nuevo, si bien las guerras eran inevitables entre ambos bandos de forma sucesiva. Sin embargo el mundo se mantendría en equilibrio por unos años.



Los dos vástagos que quedaban, ambas chicas, miraban de forma extraña un mundo tan tosco como el que sus hermanos había creado. No era por la simpleza del mundo natural, si no por las razas que acababan con las cosas bellas de aquel mundo y no parecían dar importancia a nada más que a la supervivencia, a menudo mediante la guerra. Fue así como se prestó a entrar en el juego Evangeline, la mayor de las dos.



Evangeline tomó como referencia los seres creados por Arthan, los humanos, pero los moldeó a su gusto hasta hacerlos más suaves y bellos. Los dotó de grandes talento para el arte, algo impensable en los anteriores y los colocó aislados de los demás, con una única misión, mantener vivos los lugares más bonitos y refrescantes del mundo creador por el todopoderoso Isora, los bosques. Elfos fueron llamados y en los bosques fueron posados. Para el resto de razas fueron más una leyenda que otra cosa, pues no eran muchos quienes se topaban con estos seres que preferían el aislamiento de los que llamaban, impuros y destructores.



Por primera vez Isora intervino en aquella contienda, pues le sorprendió sobremanera que alguien pretendiera proteger su creación en lugar de destruirla, como todos los anteriores. De esta forma dotó a la raza creada por Evangeline con lo que él pretendía que fuera un don: la inmortalidad.



Mithrania miraba con afecto los seres creados por su hermana, realmente era una creación digna de un Dios, no como los anteriores, por lo que estuvo al tanto de todas y cada una de las evoluciones de los mismos. Fue así como decidió participar, creando seres que tomaran parte también en la conservación de la naturaleza y capaces de socializar con los elfos, rompiendo un poco el aislamiento en el que vivían. Para ello tomó parte de su propio poder y dio lugar a la magia, seres nacidos de la misma y capaces de usarla naturalmente, tales como hadas y ninfas. Estos seres competirían en belleza con los elfos y sus tareas serían bien parecidas, pero no era la intención de Mithrania la lucha entre ellos, si no la cooperación, todo en devoción a su hermana.

El mundo entró un equilibrio que parecía imposible de romper, el bien era superior al mal, pero no dominaba sobre el mismo, no era tanta la diferencia de poder. Tres vástagos concibió Baloth, para dotar de un equilibrio mayor todas las zonas, ya que eran poco adaptables sus seres. A cada uno de sus tres vástagos concedió la tarea de tomar la mejor parte de su creación y llevarla a cabo en una nueva creación. Dariath, el primero de ellos tomó la resistencia así como la capacidad para el arte, dando con el nacimiento de los Enanos. Ithilan tomó la parte mágica, dando creación a los duendes, seres capaces de moverse con la magia y utilizarla de forma natural. Por último Kethler no vio que quedara más para tomar, así que simplemente se quedó con lo que quedaba. Ese fue el origen de una raza extraña. No eran pequeños, pero tampoco grandes, no poseían habilidades especiales, ni talentos tampoco. Fueron llamados medianos por la discusión sobre su tamaño y como tales quedaron.



Sin embargo no duraría la calma, pues las cosas siempre se mueven y todo evoluciona. Arthan concibió dos vástagos, llamados Alsan y Amaris respectivamente. Lucius en contra continua concibió a otros dos Sirius y Feith, ésta última de naturaleza femenina y con una belleza que competía con las Diosas Evangeline y Mithralia.



Paradojas del destino quisieron causar que Alsan y Feith se conocieran, y también que se enamoraran. Era extraño ver un amor entre Dioses, aunque fueran de tercera generación. Lucius no era capaz de tolerar algo así, por lo que convenció a Amaris que su hermano ocupaba el lugar que realmente le pertenecía a él mismo. Amaris amaba en secreto también a Feith, pero era un buen hermano. Sin embargo después de tanta charlatanería, Lucius consiguió convencer a Amaris de que él era el que merecía a Feith, desencadenando la desgracia.



Amaris se dejó engañar por el mal, dejando salir la parte oscura de los humanos. En un arrebato, asesinó a su propio hermano golpeándolo repetidas veces hasta que éste fue incapaz de levantarse nunca más. En venganza, Feith juró perseguir hasta matar a Amaris, pero éste, consciente de lo que había hecho, no huyó. Así, a merced, murió a manos de la Diosa quien, en un arrebato de rabia y lujuria, bebió hasta la última gota de sangre de aquel que había matado al amor de su vida. Este hecho que pudiera parecer aislado desencadenaría una maldición, una maldición que perduraría por siempre, una maldición de la que nacerían los vampiros, descendientes de Feith.


Por su parte Sirius había observado todo el tiempo lo ocurrido, pero se mantenía al margen siguiendo instrucciones de su padre, Lucius. Mientras tanto Faith, consciente de su reciente poder, que no de su maldición, se dedicaba a experimentar. Desde que tomara la sangre de Amaris, su poder era superior, cada vez más fuerte y por más que volvía a tomar sangre de miles de criaturas, nunca era como la de aquel Dios. Alertada fue de que su hermano, Sirius, estallaba de celos por lo que no tardaría en ir a por ella, no esperaba menos de él, lo conocía bien. Sus experimentos solo dieron efecto en un único animal, un lobo de casi 2 metros de tamaño, negro como la noche que se había convertido en su guardián. Dicho animal había tomado la sangre de la mismísima Feith y su poder inigualable entre el reino animal.



Fue así como en el momento en que Sirius fue para matar a Feith, se encontró con un gran obstáculo, ese lobo. Su lucha fue encarnizada, pero finalmente ganó el Dios, sin embargo el daño había sido demasiado como para pelear contra su hermano, de quien decían, tenía un increíble poder, por lo que decidió batirse en retirada. Lo que no podía sospechar es que las mordeduras de aquel animal, acabarían por crear una maldición dentro de él, una maldición que se pondría de manifiesto en sus próximas generaciones, el origen de los licántropos.


Durante muchos años más ambos hermanos pelearon para placer de su padre, Lucius, pues el poder de Feith era inconmensurable y el genio de Sirius aún más. Fue capaz de crear extrañas criaturas experimentando con humanos y los animales más fuertes y rápidos, dando lugar a razas que quedarían para siempre en el tiempo, tales como Felinus o Ajani.



La guerra entre hermanos era continuada y cada vez más fuerte, hecho que enfadó al todopoderoso Isora. Cansado de una lucha que no le parecía nada divertida decidió romper con aquello con un castigo ejemplar, un castigo que haría que aquellos dos Dioses se mantuvieran para siempre recordando sus acciones. Sobre el firmamento, los colocó vigilantes del mundo, pero de tal forma que sólo en la noche se dejarían ver. Sirius sería un astro plateado que brillaría con fuerza, la fuente de poder de la maldición que acarreaba, pero también su fuente de locura. Por su parte Feith tomaba un brillo rojizo, propio de su absoluta belleza. Sólo ella tendría el lujo de alumbrar el camino a los seres provistos de su maldición, siendo la luz que eran capaces de soportar. De esta forma, siempre vigilantes, pagarían el castigo divino y vagarían, opuestos en su camino y sin posibilidad de encontrarse, por el cielo de aquel mundo que comenzaba a funcionar por sí mismo y ya no por la acción de los Dioses..
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